Hay canciones que no recuerdo haber buscado. Simplemente estaban ahí, sonando en algún lugar, y de pronto algo dentro de mí se detenía a escucharlas. 

Desde muy pequeña tuve esa sensación extraña con la música: no era solamente oír una melodía que me gustaba. Era entrar en otro mundo. Un lugar al que nadie tenía que invitarme y en el que, por algunos minutos, todo lo demás dejaba de importar.

La música siempre fue mi mayor refugio, mucho antes de que yo supiera que necesitaba uno.

Recuerdo, por ejemplo, escuchar de niña una canción de Los Prisioneros. No sé exactamente dónde estaba ni por qué sonaba. Lo que recuerdo es la sensación. Algo en aquella canción me transportaba. 

Yo podía percibir un sentimiento que todavía no sabía explicar, pero comprendía que detrás de esas palabras existía un mundo interior. Y quería entrar en él.

Después llegaron los casetes.

Mi mamá tenía uno con canciones románticas y boleros que alguien le había regalado. Allí descubrí músicas que pertenecían a épocas mucho anteriores a la mía. Los Panchos y aquellos boleros antiguos me fascinaban. Años después alguien se burlaría diciéndome que aquello era “música del año uno”. Nunca entendí del todo por qué eso debía importar. Para mí una canción no era vieja si todavía podía hacerme sentir algo.

Quizá desde entonces aprendí, sin saberlo, que la belleza no tiene fecha.

Más adelante apareció Shakira. Pero aquella Shakira de cabello negro, de Pies descalzos

y de ¿Dónde están los ladrones?. Me compré los casetes y aprendí sus canciones. No solamente las conocidas. Siempre tuve una debilidad especial por las canciones que quedaban un poco escondidas: Te espero sentada, Moscas en la casa, Quiero, Que Vuelvas, No creo y tantas otras causantes de inolvidables sensaciones. 

Escuchaba las letras intentando comprenderlas. Quería saber qué había sentido la persona que había escrito aquello. Imaginaba sus emociones y, de alguna manera, terminaba apropiándome de ellas. A veces me imaginaba siendo yo quien había escrito esas canciones.

Era una manera de descubrir sentimientos que todavía no sabía nombrar.

Pero algunos de mis recuerdos más felices son mucho más sencillos.

Recuerdo de Santa Cruz. Recuerdo salir a comer con mi mamá y otras personas cercanas. Había un restaurante donde solíamos comer uno de los mejores Silpanchos que había conocido y que para mí era de lo más delicioso. Allí sonaban boleros interpretados por Charlie Zaa. 

Muchos años después descubriría que varias de aquellas canciones eran mucho más antiguas y conocería nombres como el de Julio Jaramillo entre otros. Pero entonces nada de eso importaba.

  • Yo solamente estaba allí.
  • La comida deliciosa.
  • La música.
  • Las voces.
  • La noche.

Y era feliz.

No me importaba el día siguiente. No me importaba la escuela. No me importaba no sentirme aceptada o ser popular, no me importaba no encajar bien en aquello que llamábamos vida normal.

Durante esos minutos mi vida estaba completa.

Hay otro recuerdo todavía más íntimo.

Durante una época vivíamos con mi mamá en un cuarto alquilado. Ella cocinaba allí. Podía preparar algo tan sencillo como un guiso de fideo mientras sonaba Joaquín Sabina.

  • Física y Química.
  • El hombre del traje gris.
  • Eva tomando el sol.
  • Pastillas para no soñar.
  • Ruido

Yo escuchaba aquellas letras curiosas intentando descifrarlas. ¿Qué quería decir? ¿De dónde salían esas imágenes? ¿Cómo podía alguien juntar las palabras de esa manera?

Mi mamá cocinaba. Sabina cantaba. Yo comía algo caliente.

Y nuevamente sucedía.

No necesitaba nada más.

Hoy puedo mirar hacia atrás y comprender lo extraordinario de aquellos instantes. Vivíamos en un cuarto y seguramente existían muchas cosas que nos faltaban. Pero mi memoria no ha guardado la carencia. Ha guardado la calidez.

Mi madre.

Una comida hecha por ella.

Una canción extraordinaria.

Quizá por eso aquellos recuerdos se han vuelto tan preciosos ahora.

Después mi madre conoció a un hombre alemán con quien se casaría y nuestra vida cambió. También cambió mi relación con ella. Aquella cercanía que había sentido hasta entonces comenzó a desaparecer y la música adquirió otro significado.

Ya no era solamente el refugio compartido.

Empezó a ser mi refugio en la soledad.

Llegaron otros casetes, otros sonidos y otros universos: Soda Stereo, The Doors, The Rolling Stones, The Beatles, Alan Parsons, folklore argentino, Octavia. El acústico de Octavia me parecía una de las cosas más hermosas que había escuchado.

Después vendrían Madonna y sus canciones de los ochenta, La Ley, Coldplay, Eminem y tantas músicas imposibles de ordenar dentro de un solo género.

En La Paz, durante una etapa particularmente solitaria de mi adolescencia, apareció Lacrimosa. Y nuevamente la música hizo aquello que había hecho siempre: le dio un lenguaje a algo que yo no sabía decir.

Después llegarían otras épocas y otras músicas.

  • Mercedes Sosa.
  • Violeta Parra.
  • Cerati.
  • Mon Laferte.

Y muchas canciones pequeñas, poco conocidas, que fui guardando como si fueran objetos secretos.

Ahora comprendo que nunca necesité pertenecer a un género musical. Tampoco necesitaba que una canción perteneciera a mi generación. Lo único que necesitaba era que abriera una puerta.

Y algunas lo hacían.

Entraba.

Allí podía ser melancólica, intensa, extraña, romántica, oscura, sensible, alegre. Podía imaginar otras vidas. Podía sentir lo que quizá había sentido alguien al escribir una canción muchos años antes de que yo naciera.

Y sobre todo podía estar conmigo.

Tal vez por eso la música ha atravesado tantas versiones diferentes de mí.

La niña que intentaba encontrar belleza en un mundo en el que no terminaba de encajar.

La adolescente que se sentía sola.

La joven que buscaba quién era.

La mujer que después tuvo que aprender a trabajar, cuidar, decidir, estudiar, amar, equivocarse, comenzar nuevamente y hacerse responsable de una vida real.

Todas fueron distintas.

Pero en todas había música.

Y ahora, cuando a veces me siento perdida entre responsabilidades, libros, proyectos, expectativas, fotografías, apariencias y todas las personas que he intentado ser, regreso mentalmente a aquella niña sentada frente a una comida caliente mientras sonaba una canción.

Ella no tenía que demostrar nada.

No tenía que saber quién llegaría a ser.

No tenía que construir una versión perfecta de sí misma.

Solamente escuchaba.

Y durante unos minutos el mundo dejaba de exigirle respuestas.

Quizá por eso la música continúa sindo uno de los pocos lugares en los que puedo reconocerme sin necesidad de explicarme.

Ha cambiado mi vida. Han cambiado las personas. Ha cambiado mi cuerpo, mi pensamiento, mis sueños y mi manera de mirar el mundo.

Pero hay algo que permanece.

Una canción comienza.

Algo dentro de mí reconoce ese lenguaje.

Y entonces, aunque sea durante unos minutos, vuelvo a saber que estoy aquí.

  • Que siento.
  • Que recuerdo.
  • Que sigo siendo yo.
  • Que existo... 

Ese ha sido siempre mi refugio.




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